Capítulo 1: Arena Fría
La arena estaba fría. No era el tipo de frío refrescante de un día de verano, sino un frío que se colaba a través del vaquero y se instalaba en los huesos. Percy se había sentado ahí tanto tiempo que ya no sentía las piernas. Solo sentía el peso, ese nudo permanente en el estómago que se había vuelto más pesado que la armadura de bronce celestial.
Miró las olas. El cielo era del color del plomo viejo, una capa uniforme que ahogaba la luz. Las olas rompían con un sonido sordo, una y otra vez, como si el propio océano estuviera demasiado cansado para hacerlo con fuerza. Su padre estaba ahí, en alguna parte, en esa inmensidad gris. Pero hoy el mar no le hablaba de poder o de pertenencia. Solo le recordaba lo lejos que estaba todo. Lo solo que estaba.
Talia debería estar aquí.
Ese pensamiento daba vueltas en su cabeza como una mosca atrapada. Talia Grace, hija de Zeus, la espada que la profecía había prometido. Ahora era solo un pino en la colina, un monumento silencioso a otro fracaso. Y la profecía, esa maldita profecía, había recaído sobre él con todo su peso. Un hijo del dios del mar. Dieciséis años. Una elección que salvaría o destruiría el Olimpo. Las palabras de Quirón resonaban en sus oídos, solemnes y terribles. Percy no se sentía como un salvador. Se sentía como un chico al que le habían puesto una mochila llena de dinamita y le habían dicho que corriera.
Un susurro casi imperceptible en la arena húmeda le llegó por detrás. No era el sonido del viento. Era el roce cuidadoso de unos pies descalzos, el leve crujido de la arena compactada bajo un peso ligero. Annabeth.
Percy no se dio la vuelta. Siguió mirando el horizonte donde el mar gris se fundía con el cielo gris. Conocía su manera de andar, ese modo sigiloso que tenía cuando no quería ser escuchada, cuando estaba pensando demasiado o escondiendo algo. Últimamente, Annabeth siempre parecía estar escondiendo algo.
La sintió detenerse a unos pasos de distancia. Una pausa. El aire salado pareció espesarse. Luego, el leve sonido de alguien que se sentaba en la arena, manteniendo una distancia prudencial pero no tanto como para parecer un rechazo.
Annabeth no dijo nada. Se sentó a su lado y también miró al mar.
El silencio se extendió entre ellos, pero no era un silencio cómodo. No era como esos silencios que compartían en la cima de la colina, planeando alguna locura o simplemente descansando después de un entrenamiento brutal. Este silencio tenía bordes afilados. Estaba cargado de todas las cosas no dichas que habían ido acumulándose desde que Talia… desde que el árbol dejó de ser una posibilidad y se convirtió en una tumba.
Percy podía sentir la tensión en sus propios hombros, tirantes como cuerdas. Sabía que Annabeth estaba pasando por algo. La veía saltar cuando alguien la llamaba por sorpresa, con ojeras oscuras bajo esos ojos grises que normalmente lo analizaban todo. Soñaba mal, eso era obvio. Pero cada vez que él preguntaba, ella desviaba la conversación hacia los planes de defensa del campamento o hacia la búsqueda desesperada del Vellocino de Oro.
El Vellocino. Un mito, una posibilidad remota. Su última carta para salvar las fronteras del campamento, que se debilitaban día a día. La única esperanza que tenían ahora que no había una hija de Zeus para blandir el rayo contra lo que viniera. Percy no creía mucho en esperanzas últimas. Le sonaban a excusas para posponer lo inevitable.
Annabeth se movió ligeramente a su lado, ajustando su posición en la arena fría. Percy seguía sin mirarla, pero su atención estaba completamente centrada en ella. En el espacio que ocupaba. En lo que no decía.
Recordó cuando Luke se había ido. La expresión devastada de Annabeth, la confusión y la rabia. Luke había sido su hermano, su primer amigo en este mundo loco. Y ahora era el brazo derecho de Kronos. Percy intentó imaginar cómo sería tener que enfrentarte a Grover si Grover decidiera un día que los dioses no merecían otra oportunidad. No podía. La idea le revolvía el estómago.
Pero eso era entonces. Ahora Luke era el enemigo. Había intentado matarlos a los dos en más de una ocasión. Había elegido su bando.
¿O Annabeth no lo veía tan claro?
Ese pensamiento se abrió paso en su mente y se quedó ahí, frío y desagradable como la arena bajo sus manos. Annabeth era la persona más inteligente que conocía, la estratega. Veía ángulos donde los demás solo veían líneas rectas. ¿Y si estaba viendo un ángulo ahora? ¿Un ángulo que involucraba a Luke?
El silencio se hizo más pesado, más opresivo. Las olas seguían rompiendo con esa monotonía deprimente. Percy quería decir algo, romper esa pared invisible que había crecido entre ellos. Quería preguntarle directamente qué le pasaba, exigirle que confiara en él como siempre había hecho.
Pero las palabras no salían. Temía la respuesta. Temía que confirmara esa sospecha pegajosa que se le estaba adhiriendo a las costillas.
Así que se quedaron ahí sentados, dos figuras solitarias en una playa desierta bajo un cielo sin color, separados por menos de un metro de arena húmeda y un abismo de cosas sin decir. La tensión era una presencia física, un tercero sentado con ellos, esperando a ver quién cedía primero.
Percy respiró hondo, el aire frío le quemó los pulmones. Annabeth seguía inmóvil a su lado, pero él podía sentirla pensar, dar vueltas a algo en esa mente prodigiosa. Iba a hablar. Era solo cuestión de tiempo.
Y cuando lo hiciera, Percy tenía la horrible sensación de que nada volvería a ser igual
El sonido de las olas llenaba el vacío hasta que Annabeth respiró, un sonido corto y decidido como si estuviera a punto de saltar desde un acantilado.
“Luke se me aparece en sueños.”
Las palabras salieron planas, sin emoción, como si estuviera leyendo un informe. Pero Percy sintió cómo algo se le helaba en el pecho. No se movió. Siguió mirando al mar, esperando que hubiera escuchado mal.
Annabeth continuó, las palabras saliendo ahora más rápido, como si una vez roto el dique no pudiera detenerlas. “No son pesadillas normales. Son… claros. Él está ahí, hablando conmigo. Ha sido así las últimas tres noches.”
Percy cerró los ojos por un segundo. El nombre de Luke en su boca siempre había sabido a traición, pero ahora, aquí, en este contexto, sabía a veneno puro. “¿Y qué quiere el gran Luke Castellan?” preguntó, y su propia voz le sonó extraña, demasiado calmada para el torbellino que sentía por dentro.
Annabeth hizo una pausa. Percy podía imaginarse su expresión, esa arruga que se le formaba entre las cejas cuando analizaba un problema complicado. “Habla del Vellocino. Dice que lo estamos subestimando. Que no es solo una cura para las fronteras o… o para un árbol.” La voz le falló un instante en la última palabra. “Dice que tiene un poder más profundo. Un poder que podría cambiar las reglas del juego.”
Ahora sí, Percy giró la cabeza. Lo hizo lentamente, como si temiera lo que iba a ver. Sus ojos se encontraron con el perfil de Annabeth. Ella seguía mirando al mar, su cara pálida contra el gris del cielo.
“¿Cambiar las reglas del juego?” repitió Percy. Las palabras le sabían a tierra en la boca. “¿Qué se supone que significa eso? ¿Que con el Vellocino podríamos hacer galletas mágicas y convencer a Kronos de que se vaya a casa?”
Annabeth apretó los labios. “No lo sé exactamente. Él no lo dice. Solo insinúa. Dice que los dioses nos mienten sobre la verdadera naturaleza de algunos artefactos. Que el Vellocino es uno de ellos.” Finalmente, giró la cabeza para mirarlo, pero sus ojos grises se desviaron casi de inmediato, fijándose en un punto sobre su hombro. “También dijo… dijo que podría haber una alianza. Una tregua.”
El aire pareció salirse del pecho de Percy. Se quedó sin aliento, como si alguien le hubiera golpeado en el estómago. “Una alianza,” dijo, y esta vez la calma se había roto. Escuchó el tono cortante en su propia voz. “¿Una alianza con él? ¿Con Kronos?”
“No con Kronos,” corrigió Annabeth rápidamente, demasiado rápido. “Con Luke. Él dice que las líneas no están tan definidas. Que hay… matices.”
“¡Matices!” Percy soltó una risa seca y sin humor que sonó fea incluso para sus propios oídos. “Annabeth, él intentó matarme. Te intentó matar a ti. Lleva la marca de Kronos en el brazo. ¿Qué matices puede haber ahí?”
Ella se encogió ligeramente, un movimiento casi imperceptible. Una de sus manos desapareció en el bolsillo de su sudadera con capucha. Percy vio el leve bulto que formaba, los dedos moviéndose dentro de la tela, jugueteando con algo. Reconoció el gesto. Era lo que hacía cuando estaba nerviosa, cuando necesitaba algo tangible en lo que concentrarse. Una moneda de drachma, probablemente. Un hábito de sus días viajando.
“Él no atacó en mis sueños,” murmuró ella, su voz más baja ahora. “Solo hablaba. Como antes. Como cuando éramos niños en el campamento.”
“¡Porque es un sueño!” Percy casi gritó, la frustración burbujeando y saliéndose por los bordes. “¡Puede parecer lo que quiera! Es Luke, Annabeth. Él sabe cómo llegar a ti. Sabe exactamente qué botones presionar.” Se inclinó hacia ella, intentando atrapar su mirada que seguía evadiéndolo. “¿Te ofreció algo más? ¿Algo específico a cambio de esta ‘alianza’?”
Annabeth negó con la cabeza, pero el movimiento fue tenso, poco convincente. “Solo dijo que podríamos hablar. Que el Vellocino era la clave para algo más grande que esta guerra estúpida.” Su mano en el bolsillo se movió más rápido, la moneda debía estar girando entre sus dedos. “Percy, solo estoy diciendo lo que dijo. Estoy explorando todas las posibilidades.”
“¿Todas las posibilidades?” Percy la miró fijamente, estudiando cada detalle de su cara: la rigidez de su mandíbula, la manera en que mordisqueaba el interior de su mejilla, la forma en que sus ojos, normalmente tan llenos de certeza inteligente, ahora parecían nublados por la duda. Una sospecha horrible comenzó a tomar forma en su mente, fría y clara como el agua de un manantial envenenado.
No era solo que Luke se le apareciera en sueños.
Era que ella le estaba escuchando.
“Él te pidió que te reunieras con él,” dijo Percy, y no era una pregunta.
Annabeth se quedó completamente quieta. El único movimiento era el de sus dedos dentro del bolsillo, un pequeño y frenético ajetreo oculto por la tela.
“No,” dijo finalmente, pero la palabra llegó un segundo tarde.
“Annabeth.” El nombre salió como una súplica y una acusación al mismo tiempo.
Ella sacó bruscamente la mano del bolsillo, vacía, y la apretó contra su rodilla. “¡No me pidió eso! Solo dijo… dijo que si quería entender de verdad, tendría que estar dispuesta a escuchar.”
“¿Y tú quieres entender?” Percy no podía creer las palabras que salían de su boca. “¿Después de todo lo que ha hecho? ¿Después de Thalia?” El nombre cayó entre ellos como una losa.
Annabeth palideció aún más. “No lo entiendes,” susurró, y por primera vez hubo un destello de algo parecido a la ira en sus ojos, pero estaba dirigida hacia adentro, no hacia él. “Tú no… él fue mi familia cuando no tenía a nadie. Fue el primero que me vio como algo más que una niña asustada.”
“Y luego eligió quemarlo todo,” replicó Percy, implacable. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas. Esto era peor de lo que había imaginado. Mucho peor. “No puedes hablar con él, Annabeth. Es lo que quiere. Separarte de nosotros. Aislarte. Y luego…” No terminó la frase. No necesitaba hacerlo.
El silencio volvió a caer, pero ahora era diferente. Antes era tenso; ahora estaba envenenado. Annabeth miraba fijamente sus propias manos, los nudillos blancos donde las apretaba contra la rodilla de su vaquero. La moneda debía estar ahora en el fondo del bolsillo, olvidada.
Percy quería agarrarla por los hombros y sacudirla. Quería gritarle que despertara. Pero también vio la profunda fatiga en sus rasgos, el dolor crudo que llevaba semanas cargando sola. Y una parte de él, una parte pequeña y asustada, se preguntó: ¿y si ella tenía razón? ¿Y si estaban tan desesperados que incluso escuchar a un enemigo era una opción que debían considerar?
La idea le repugnó inmediatamente.
Pero ahí estaba.
Annabeth finalmente abrió la boca para decir algo más, sus labios formaron una palabra silenciosa, cuando un grito agudo y alarmante rasgó la quietud de la playa desde la dirección del campamento.
No era un grito de terror, sino de urgencia febril.
Los dos se pusieron en pie de un salto al mismo tiempo, la tensión entre ellos momentáneamente rota por el instinto de alerta. Percy sintió cómo su mano buscaba instintivamente el bolsillo donde guardaba a Contracorriente, aunque solo fuera un bolígrafo ahora.
Annabeth ya estaba mirando hacia los árboles, su expresión cambiando rápidamente del conflicto interno a una concentración aguda y estratégica.
El grito vino de nuevo, más claro esta vez.
Era Grover.
“¡Percy! ¡Annabeth!”
Grover salió tropezando de entre los pinos que bordeaban la playa, sus patas de cabra levantando pequeñas salpicaduras de arena húmeda. Corría de una manera extraña, medio galope medio tropiezo, agitando los brazos por encima de la cabeza. Su rostro estaba congestionado por el esfuerzo y la excitación.
Por un instante, Percy y Annabeth se quedaron paralizados, todavía atrapados en el campo de minas de su propia conversación. El mundo exterior había irrumpido con una violencia brusca, y les costó un par de segundos cambiar de marcha.
Grover llegó resoplando hasta ellos, doblando su torso para apoyar las manos en las rodillas. “Lo… lo encontraron,” jadeó.
Percy miró a Annabeth. Ella ya había borrado cualquier rastro de la vulnerabilidad de hacía un momento. Su expresión era ahora de pura atención profesional, aunque sus ojos seguían evitando los de él. “¿Encontraron qué, Grover? Respira.”
Grover asintió con la cabeza varias veces, tragando aire. “El Vellocino. Un sátiro. Mellie, la que siempre está con los espíritus del aire en los almacenes. Su primo es un sátiro mensajero, uno de los que intentan rastrear los movimientos de… de ellos.” Bajó la voz instintivamente al decir ‘ellos’. “Acaba de llegar. Dijo que su fuente dentro de una tripulación mercante monstruosa lo vio. Está a bordo.”
“¿A bordo de qué?” preguntó Percy, aunque una parte de él ya sabía la respuesta. Un frío que no tenía nada que ver con la arena se le extendió por la espalda.
Grover levantó la vista, sus ojos marrones enormes y serios. “Del Princesa Andrómeda.”
El nombre cayó en el silencio como una bomba. Percy sintió cómo el puño que no sabía que tenía apretado se cerraba aún más fuerte. El yate de Luke. El cuartel general flotante de los secuaces de Kronos. Por supuesto. ¿Dónde más iba a estar un artefacto tan poderoso?
Annabeth no pareció sorprendida. Solo asintió lentamente, como si una pieza de un rompecabezas hubiera encajado en su lugar. “Tiene sentido,” murmuró, más para sí misma que para ellos. “Es el lugar más fortificado que tienen. Un símbolo.”
“Un símbolo y una trampa obvia,” dijo Percy, la voz cargada de amargura. Miró directamente a Annabeth, desafiándola. “Justo el tipo de lugar al que alguien querría que fuéramos si estuviera tratando de tender una trampa.”
Ella por fin lo miró a los ojos, y lo que vio allí hizo que Percy contuviera el aliento. No era culpa, ni miedo. Era una determinación fría y calculadora que le resultaba inquietantemente familiar. Era la mirada que tenía Luke cuando explicaba un plan particularmente retorcido.
“Es el único lugar donde sabemos que está,” dijo Annabeth, su tono era lógico, impecable. “Tenemos que ir.”
“¡Claro que tenemos que ir!” intervino Grover, recuperando el aliento. Su entusiasmo era palpable, inocente del nudo de tensión entre sus dos amigos. “Es nuestra única oportunidad, ¿no? Para las fronteras, para… para todo.” Su voz decayó un poco al final, sus ojos se dirigieron inconscientemente hacia la colina donde el pino de Thalia se recortaba contra el cielo gris.
Percy no apartó la mirada de Annabeth. “¿Y qué pasa con lo otro que dijo tu fuente onírica?” preguntó, y no pudo evitar el énfasis sarcástico en la última palabra. “¿Que el Vellocino tiene poderes ocultos? ¿Que podría cambiar las reglas? ¿Eso también ‘tiene sentido’?”
Annabeth cruzó los brazos sobre el pecho. “No sé lo que significa. Pero si es cierto, solo hace que sea más crucial recuperarlo antes de que Luke… o Kronos… descubran cómo usarlo.”
“O tal vez ya lo saben,” replicó Percy. Dio un paso hacia ella. La proximidad de Grover parecía desvanecerse; solo existían ellos dos y este precipicio sobre el que estaban balanceándose. “Tal vez ese es el verdadero juego. Poner la carnada perfecta en el lugar perfecto. Y tú estás aquí diciéndome que tenemos que morder.”
El rostro de Annabeth se endureció. “¿Qué estás insinuando, Percy?”
“Te lo estoy diciendo directamente.” Su voz era baja ahora, solo para ella. “¿Qué más no me estás diciendo? Hablas de sueños y de ‘ofertas’ vagas. Luke no hace ofertas vagas. Él es específico. Te da justo lo suficiente para engancharte. ¿Qué te ofreció realmente, Annabeth?”
Ella parpadeó, y por un segundo Percy creyó ver un destello de pánico detrás del muro de hielo. Luego se reconstruyó más rápido de lo que él podía seguir. “Estoy explorando todas las opciones para salvar este campamento,” dijo, cada palabra pronunciada con una claridad cortante. “Algo que tú pareces demasiado ocupado sintiendo lástima por ti mismo como para hacer.”
El golpe fue bajo y directo. Percy retrocedió como si le hubieran abofeteado. “Lástima por mí mismo,” repitió, atónito.
“Sí.” Annabeth no cedió terreno. “Te sientas aquí mirando al mar, cargando con el peso del mundo como si fueras el único al que le importa. Bueno, no lo eres. Todos estamos cargando con ello. Y algunos de nosotros estamos tratando activamente de hacer algo al respecto, incluso si eso significa escuchar cosas desagradables.”
“¡Escuchar a Luke no es ‘hacer algo’, es una idiotez!” Percy ya no estaba susurrando. La rabia, la frustración y el miedo se mezclaron en un grito ahogado. “¡Es traición!”
La palabra quedó flotando en el aire salado, enorme y fea.
Annabeth palideció hasta quedar blanca como la cera. “No te atrevas,” susurró, y su voz temblaba ahora, pero de furia. “No te atrevas a cuestionar mi lealtad.”
“¿Por qué no?” Percy estaba más allá de la cautela ahora. El miedo a perderla, a que Luke se la llevara con palabras dulces y promesas retorcidas, era más fuerte que cualquier otra cosa. “Él fue tu familia primero, ¿no? Tal vez todavía lo es.”
Fue demasiado lejos. Lo supo en el instante en que las palabras salieron de su boca. El dolor en los ojos de Annabeth fue tan físico y agudo que él sintió como si le hubieran clavado una daga.
Ella abrió la boca para decir algo, pero ningún sonido salió. Solo lo miró, y en esa mirada había tanto desengaño que Percy sintió que el suelo bajo sus pies se volvía inestable.
Grover, que había estado observando la discusión con creciente horror, dio un paso titubeante hacia adelante. “Chicos… por favor…”
Pero ninguno le prestó atención.
“Luke es mi enemigo,” dijo Annabeth finalmente, y cada palabra sonaba como si la hubiera tallado en piedra. “Lo eligió él mismo. Cada día que pasa al lado de Kronos lo reafirma.” Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad. “Pero eso no significa que todo lo que dice sea mentira. Y nuestra situación es tan desesperada que no podemos darnos el lujo de ignorar ninguna información, venga de donde venga.” Clavó la mirada en Percy, desafiante y herida a partes iguales. “Si eso hace que cuestiones mi lealtad, entonces tal vez nunca confiaste en mí en primer lugar.”
Percy quería negarlo. Quería decirle que confiaba en ella más que en nadie en el mundo. Pero las palabras se atascaron en su garganta, bloqueadas por la imagen de Luke hablándole en sueños, susurrando promesas en la oscuridad.
Grover miró desesperadamente de uno a otro, luego hacia el campamento. Algo pareció ocurrirle. Su nariz se contrajo varias veces, como si olfateara el aire con urgencia. “¡El sátiro!” dijo abruptamente, su voz aguda con pánico. “¡Dijo algo más! Dijo que el Princesa Andrómeda no está anclado. Está navegando. Se dirige hacia el Estrecho de Gibraltar.”
La información cambió el eje de la discusión de inmediato. Un objetivo móvil era mucho más difícil, mucho más peligroso.
Annabeth fue la primera en reaccionar, su mente estratégica agarrando los nuevos datos y comenzando a procesarlos al instante. “Se están moviendo… Podrían estar llevándolo a Kronos directamente. O probando sus poderes en algún lugar remoto.” Se volvió hacia Percy, cualquier rastro personal borrado por la urgencia operativa. “Tenemos que irnos. Ahora. Tenemos que interceptarlos antes de que salgan del Mediterráneo.”
Percy la miró. Vio a la Annabeth que conocía: brillante, decidida, implacable cuando se trataba de una misión. Pero ahora también veía las grietas, las sombras bajo sus ojos que hablaban de noches sin dormir escuchando voces del pasado. No había resuelto nada entre ellos. Habían plantado una semilla de desconfianza que ya estaba echando raíces venenosas.
Pero Grover tenía razón: era su única oportunidad.
Y Annabeth también tenía razón: tenían que irse.
Asintió lentamente, una sensación de fatalidad arrastrándose por sus venas junto con la adrenalina. “Vamos a avisar a Quirón,” dijo, su voz ronca.
Annabeth asintió también, un movimiento breve y profesional. Luego giró sobre sus talones y comenzó a caminar rápidamente hacia el campamento, su figura recta y decidida contra la playa gris.
Percy la observó alejarse durante un segundo antes de seguirla, sus pasos pesados en la arena.
Grover se quedó atrás un momento, mirándolos a ambos con una profunda inquietud en sus ojos de cabra.
El Vellocino estaba a bordo del Princesa Andrómeda. La misión estaba en marcha.
Pero mientras Percy seguía a Annabeth hacia los edificios del campamento, solo podía pensar en una cosa: iban directo hacia Luke. Y no tenía ni idea de qué lado estaría Annabeth cuando finalmente se enfrentaran a él
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